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…todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición . . . Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros . . . a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles… (Gálatas 3:10-14)

Si te encontraras a bordo de un avión, ¿cuál de los siguientes avisos preferirías recibir en medio del vuelo? ¿(1) Que el país de destino ha rechazado el aterrizaje de tu avión; o (2) que el avión se ha quedado sin combustible?

Para tus planes, ambos escenarios son negativos, pero es evidente que uno es peor. Que la nave aterrice en otro sitio puede ser incómodo, pero que caiga es sencillamente gravísimo.

Tal es el cambio de tono que, en este punto de la carta, se refleja en la crítica de Pablo. Anteriormente ha señalado que cumplir la ley no conduce al destino deseado, ¡pero ahora incluso está añadiendo que es un camino peligroso!

«Todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (v. 10). Los judíos, como explica Pablo, estaban equivocados, pero su error les conducía nada menos que al peor destino imaginable: el juicio de Dios. Cumplir toda la ley era imposible, y además de eso, al aferrarse a ella se cerraban a recibir lo que Dios había hecho por ellos —sólo se interesaban en lo que ellos podían hacer para Él—.

Cumplir la ley, en realidad, les apartaba de la fe, y al no descansar en Dios, esa misma ley se convertía para ellos en una mala noticia: que siendo imperfectos, estaban bajo maldición.

Pablo, sin embargo, quiere ayudarles, y con ese fin, les vuelve a predicar el evangelio: ¡«Cristo nos redimió de la maldición de la ley»! (v. 13)

El apóstol, en última instancia, regresa con ellos al Edén, y la maldición a la cual hace referencia no es otra que la consecuencia del pecado humano (denunciado, más tarde, por la ley). La maldad debió ser juzgada allí, junto al árbol de la tentación, pero no habiendo sucedido eso, la única forma de anular sus efectos (y acceder una vez más a la bendición) consistiría en condenarla decisivamente sobre un nuevo «árbol»: el madero de la cruz (v. 13).

La maldición, por tanto, era un problema que precedía a la existencia de Israel, y de este modo, al prometer una solución, era simplemente lógico que Dios contemplara a la humanidad completa (no sólo a los judíos, sino también a los gentiles). Lo que Cristo había cargado era la maldición de las naciones, y ahora, únicamente por fe, la bendición estaría disponible para todos cuantos se aferraran exclusivamente a Él.

No desaproveches, por tanto, esta oportunidad, y al concluir esta reflexión, evalúa tu forma de acercarte a Dios. Sólo hay una puerta que conduce a Él —su misericordia—, pero si insistes en abrir otras —por tu propio esfuerzo—, lo que te espera detrás es maldición. ¿Vives tu vida creyendo que, si sigues ciertas reglas, podrás ganarte la aprobación de Dios? Desiste de ello cuanto antes. Ese esfuerzo se centra en ti mismo, y la fe que Dios te pide consiste exactamente en lo contrario. Pon tus ojos en Él.

Cristian J. Morán

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