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Pues mediante la ley yo morí a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano. (Gálatas 2:19-21)

Con el ánimo de reír, la estupidez de una persona «x» es descrita a veces como la de aquel que, habiendo encontrado en la calle una factura impaga, se dirigió a cancelarla pese a no ser suya. Que alguien haga esto, para ser francos, nos parece impensable, pero más impensable —o descabellado, si lo prefieres— nos parecería que dicha persona se dirigiese a cancelar nuevamente una factura que ya se encuentra pagada.

Pablo, en nuestro texto, está lidiando con algo así. Los judíos han insistido en aferrarse a la ley para que Dios les apruebe, pero lo que el apóstol les muestra es que esto, gracias a la obra de Cristo, no tiene sentido alguno.

Volvamos atrás por un momento. La lógica de la ley, como explica Pablo, implica que, si me aferro a ella, soy hombre muerto. Mi pecado —omnipresente— hace que no pueda cumplirla, y en consecuencia, lo que la ley termina haciendo es condenarme —condenarme a muerte—.

Cristo, sin embargo, tomó mi lugar en la cruz, y al hacerlo, mi sentencia se cumplió. La deuda quedó pagada, y como resultado, la ley ya no puede exigir más de mí: para ella, estoy muerto. Cristo, no obstante, volvió a levantarse, y así como mi vida se unió a la suya para concluir en la cruz, ahora, gracias a su resurrección, me concede a mí una vida nueva. Por eso es que Pablo dice: «ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí».

Mi vida, por lo tanto, es la vida suya, y lo más maravilloso es que, como dice el texto, el fundamento de todo no es otro que el amor y la gracia de Dios: este es el concepto con el que, finalmente, Pablo cierra su argumento —y lo hace de manera categórica—. Que Dios nos apruebe es una manifestación de su misericordia, y así, cualquier intento de volver a la ley (o las buenas acciones como moneda de canje) equivale a pisotear la gracia y sugerir que Cristo murió innecesariamente.

El texto de hoy nos llama a examinar de cerca el sentido con que vivimos delante de Dios. ¿Es tu vida un continuo esfuerzo por acumular méritos para que Él te acepte? ¿Sientes, por ejemplo, que la efectividad de tus oraciones depende estrechamente de cuán bien te has comportado en los últimos días? Es agobiante vivir así, pero la buena noticia es que no necesitas hacerlo. Si te encuentras en esta situación, atrévete a bajar los brazos. Cristo hizo lo que a ti te correspondía (tanto en su vida como en su muerte), y hablando con franqueza, intentar ocupar su lugar no sólo es innecesario, sino también inútil. Recurre, por tanto, a su misericordia, y en lugar de seguir haciendo esfuerzos, descansa sirviéndole en gratitud.

Cristian J. Morán

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