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…antes de venir algunos de parte de Jacobo, él comía con los gentiles, pero cuando vinieron, empezó a retraerse y apartarse, porque temía a los de la circuncisión. (Gálatas 2:11-14)

Considerando la naturalidad con que el ser humano se interesa en los conflictos interpersonales ajenos —y especialmente cuando los protagonistas gozan de una cierta fama—, no es extraño que una de las escenas bíblicas más recordadas sea la que nos ocupa hoy: Pablo, el gran apóstol, encara nada menos que a Pedro, otro de los «grandes».

La imagen, por sí sola, suele incomodar (muchos creen que nada justifica esta clase de controversias), pero esta reacción debería cuestionar nuestras prioridades y asimismo nuestra comprensión de lo que estaba en juego. ¿Qué es lo más importante? ¿Conservar una paz aparente a expensas de la verdad? Es cierto que la verdad no conlleva un derecho automático a expresarla con aspereza, pero muchas veces nuestra pasividad ante el atropello de ella grita un mensaje preocupante: «La verdad es menos importante que conservar el aprecio de quienes me interesan».

Pablo, al parecer, estaba siendo cuestionado por haber encarado a Pedro. Esto, a ojos de algunos, le hacía indigno de ser escuchado, pero en vez de replegarse, el apóstol toma la palabra y procede a contar la verdad completa: «Cuando Pedro vino a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque era de condenar. Porque antes de venir algunos de parte de Jacobo, él comía con los gentiles, pero cuando vinieron, empezó a retraerse y apartarse, porque temía a los de la circuncisión» (2:11-12).

Pedro, en última instancia, estaba negando con sus hechos lo que Dios mismo le había revelado (que Él aceptaba a los no judíos; Hch 11:1-18), y esto no porque hubiese cambiado de opinión, sino porque temía lo que pudiesen pensar de él los judaizantes (previamente, en ausencia de ellos, no había tenido problema en compartir la mesa con los cristianos no judíos).

¿Qué era lo que estaba en juego? ¡Nada menos que la unidad de la iglesia! ¿Podía esto tratarse en privado sabiendo que, además de involucrar la salvación de todos los creyentes, se había convertido en un teatro de máscaras? Era necesario que, por amor a la iglesia, alguien le pusiese fin a esta farsa —por doloroso que fuera—.

Pablo, de este modo, decide enfrentar a Pedro, pero no porque fuese Pedro, sino más bien a pesar de ello. Pablo entendía que, si esta conducta se instalaba en la iglesia, constituiría un peligroso retroceso. ¿Puede su reacción considerarse una desproporción? Difícilmente.

Es necesario que meditemos en esto con detención. ¿Cómo hubiésemos reaccionado nosotros? ¿Cómo reaccionamos hoy ante esas personalidades fuertes cuya opinión nos importa más de lo que estamos dispuestos a admitir?

Pedro, al parecer, aún necesitaba controlar su temor a la opinión humana (Mr 14:66-72). ¿Seremos nosotros capaces de defender la verdad con valentía y determinación, cueste lo que cueste?

Cristian J. Morán

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