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Ven, sigue de cerca y observa por un momento a esta extraña criatura en su hábitat natural.

Ahí está, babeando en su almohada una hora antes del almuerzo, haciendo crujir el somier como las bisagras de una puerta.

—¿Hasta cuándo vas a estar acostado? ¿Cuándo te vas a despertar? —grita su madre desde la cocina. En silencio porque ella lo ha despertado. Aquí viene él, tropezando con su propia silla antes de sentarse y comenzar a comer.

—¿Qué hay de malo con dormir un poco, con dormitar un rato? —murmura entre bocado y bocado. Sin embargo, una docena de cucharadas más tarde se detiene, con la mano sumergida en su cereal como un barco hundido. Su respiración es dificultosa, su mentón descansa en su pecho y lo escuchamos roncar nuevamente.

Te presento al perezoso (Pr 26:14; 6:9-10; 19:24). Derek Kidner escribe que es una figura «tragicómica» (Proverbios)[1]: cómica, porque la flojera del perezoso lo hace un absurdo; trágica, porque solo el pecado puede degradar tanto a un hombre. La imagen de Dios nunca estuvo destinada a pasarse la vida bostezando.

No obstante, aquellos de ustedes que están prestando atención también habrán visto algo más en esta pereza tragicómica: se habrán visto a sí mismos. Todos tenemos un perezoso interior que nos aconseja dormir cuando deberíamos levantarnos, descansar cuando deberíamos trabajar, comer cuando deberíamos movernos.

El hombre sabio —continúa escribiendo Kidner— sabe que el perezoso no es un tipo extraño, sino que un hombre común y corriente que la mitad de las veces ha dado demasiadas excusas, que se ha negado muchas veces a hacer algo y que ha pospuesto muchas otras cosas. Todo ha sido imperceptible, y tan agradable como dormirse.

Entonces, no tenemos que mirar muy lejos para ver al perezoso en su hábitat natural. Solo necesitamos escuchar sus «excusas», «negativas» o «posposiciones», y luego escuchar su eco interior.

«Solo necesito un poco más»

«Un poco de dormir, un poco de dormitar, un poco de cruzar las manos para descansar» (Pr 6:10; 24:33).

Encontramos estas palabras en la boca del perezoso más de una vez en Proverbios. Quizás, son su lema, su respuesta favorita a la sabiduría del diligente: «Temprano a descansar, para temprano levantarse […]»; «un poco de dormir, un poco de dormitar […]», contesta él.

La holgazanería a menudo se esconde bajo esta frase sumamente razonable: «solo un poco más». ¿Qué daño podría hacer solo un poco? ¿Qué más da una siestecita? ¿Qué más da otro programa de televisión? ¿Qué más da otro descanso más en la vida? No mucho en sí, pero en realidad demasiado cuando se suman a los otros diez mil pocos y los uno más. Pueden parecer «pequeñas concesiones», como lo dice Bruce Waltke (Proverbios) y lo son. Pero un hombre común y corriente se vuelve un perezoso con una pequeña concesión a la vez.

¿Cómo responde el sabio? Él sabe que los cristianos diligentes no son una especie extraordinaria de santos. Al igual que el perezoso, el diligente enfrenta tareas desagradables a diario. A diferencia del perezoso, el diligente tiene un lema distinto: «un poco de trabajo, un poco de energía, un poco de mover las manos para laborar». En lugar de apilar pequeñas concesiones, construye paso a paso una serie de pequeños éxitos con las fuerzas que Dios le da.

Con el tiempo, cómo manejamos lo poco es un tema crucial. Pequeños trabajos duros, pequeños deberes, pequeñas oportunidades: estos son los momentos cuando el perezoso en nosotros gana terreno en nuestras almas o lo pierde.

«Mañana será otro día»

«Desde el otoño, el perezoso no ara, así que pide durante la cosecha, pero no hay nada» (Pr 20:4).

Muy a menudo, pensar en «un poco más» logra el objetivo del perezoso. Pero si, por alguna razón, su conciencia lo molesta, recurrirá a otra palabra a su disposición que pocas veces le falla: mañana.

En el antiguo Israel, el otoño era la época para arar y sembrar, y el verano para cosechar. No sabemos exactamente por qué el perezoso descansaba cuando sus vecinos araban sus campos. Quizás la dificultad de tal tarea lo amedrentaba o, tal vez, como la versión inglesa King James [y la versión Reina Valera de 1960 en español] sugiere, el frío de la época lo disuadía: «El perezoso no ara a causa del invierno» [énfasis del autor]. De cualquier manera, sin duda se quedó dormido en muchas de las noches otoñales animado por el pensamiento de que «mañana será otro día», hasta que un día se dio cuenta de que el invierno había llegado.

Cuando el mañana que el perezoso escogió finalmente llegó, el tiempo para arar y sembrar ya se le había escapado de las manos. ¿Cuántas veces nosotros también hemos descubierto que mañana ya es muy tarde? La conversación que deberíamos haber iniciado ayer, resulta más incómoda hoy. El ensayo que deberíamos haber comenzado a escribir la semana pasada, nos abruma esta semana. El perdón que deberíamos haber buscado el mes pasado, se siente más engorroso este mes. El otoño pasó, el invierno ha llegado y, junto con él, la oportunidad se nos ha escapado de las manos.

El sabio aprende a ver la vida como el agricultor: cuando llega la época de arar, el agricultor tiene más en cuenta la estación del año que sus sentimientos. Y cuando llega el momento de abordar sus propias tareas difíciles, el sabio hace lo mismo.

«Me estaría arriesgando»

«Hay un león afuera; seré muerto en las calles» (Pr 22:13; ver también 26:13).

Permitirse dar una mala excusa es como darle de comer a una paloma: dale pan a una y otras veinte muy pronto se arrullarán a tus pies. Las malas excusas engendran malas excusas e incluso peores con el tiempo. Así que cuando un amigo, un familiar o un jefe se niega a aceptar los un poco más y los mañanas del perezoso, este perezoso toma medidas más radicales: «¿No has visto que hay un león afuera? ¡Me matará!».

¿Habrá algún perezoso que haya intentado dar tal excusa? Quizás.

«La pereza» —dice Charles Spurgeon— «es un gran fabricante de leones. El que hace poco, sueña mucho. Su imaginación podría crear toda una colección de bestias salvajes» (One Lions: Two Lions: No Lion at All [Un león; dos leones; ningún león en absoluto])[2]. Para nuestros propósitos, sin embargo, podemos considerar una versión de bestia más domesticada: «Me estaría arriesgando».

Para nuestro perezoso interior, la más leve irritación de garganta es excusa para no ir a trabajar, el más mínimo cansancio es motivo para tomar una siesta en lugar de salir a cortar el pasto, y un día largo en el trabajo es justificación para no asistir al grupo en casa. Después de todo, nuestros cuerpos y mentes necesitan el descanso, ¿no es cierto?

Por supuesto que debemos cuidarnos. Hay personas que realmente hacen polvo sus cuerpos trabajando, olvidando el descanso que Dios nos da y «[comiendo] el pan de afanosa labor» (Sal 127:2). Sin embargo, el perezoso tiende a calificar de «afanosa labor» cualquier trabajo que signifique el más mínimo estrés. Se olvida que superar el estrés es parte de lo que hace que la diligencia sea diligencia.

Dios hizo nuestros cuerpos de manera que sean flexibles y se esfuercen, nuestras mentes para que se desarrollen y avancen, nuestras almas para luchar y esmerarse. El león llamado «Perezoso» nos aconsejará que evitemos el estrés, pero la diligencia matará al león.

«¿Qué sabes tú de las presiones que yo tengo?»

«El perezoso es más sabio ante sus propios ojos que siete que den una respuesta discreta» (Pr 26:16).

Confronta a un perezoso en su pereza y descubrirás que tiene predilección por los eufemismos. «Ni siquiera sabe que es un flojo», escribe Kidner al comentar Proverbios 26:13-16.

Él no es holgazán sino «realista» (v. 13); no es egoísta, sino que «no funciona bien en las mañanas» (v. 14); su inercia se debe a que «se niega a ser empujado» (v. 15); su indolencia mental es un respetable «saber mantenerse firme» (v. 16) (Proverbios).

Entonces, nuestra propia pereza con frecuencia nos sirve como defensa en contra de la acusación de serlo. En una oportunidad, cuando estaba soltero, le dije a mi mentor: «Necesito más tiempo para mí mismo». A lo que respondió: «No lo necesitas». Inmediatamente me dispuse a atacar levantando el puente levadizo, guarneciendo las murallas y lanzando mis morteros internos. ¿Qué posibilidad tendría él, un esposo y padre de tres niños, de saber bajo qué presiones yo me encontraba? Ahora mi autodefensa me resulta irrisoria, pero en ese entonces, yo creía que era sabio, no podía aceptar que lo que yo llamaba «tiempo a solas» fuera calificado como «pereza».

El perezoso considera que su propio trabajo es el más difícil, sus propias excusas son las mejores, sus momentos de descanso son los más razonables; no importa qué digan sus amigos, su esposa o su pastor. El sabio, sin embargo, aprende a desarrollar una actitud de desconfianza en sí mismo. En lugar de responder en su mente a las peticiones o desafíos con un «¿no te das cuenta de la carga que llevo?», piensa en su propia tendencia a la insensatez y aprende a llamar al perezoso por su nombre real.

El cristiano y el perezoso

Entre el cristiano y el perezoso, Spurgeon señala que «debería haber una división tan grande como entre los polos». Tiene toda la razón. Relacionar «cristiano» con «perezoso» es como relacionar «esposo» con «mujeriego» o «juez» con «ladrón»: los últimos destruyen la integridad de los primeros.

¿Por qué? Porque los cristianos pertenecen a Jesucristo y Él no fue perezoso. Por supuesto que tampoco fue adicto al trabajo: podía participar en una celebración, descansar, dormir y desarrollar relaciones profundas. Ah, pero cuánto trabajó. En los evangelios no encontramos pereza, sino «la perseverancia de Cristo» (2Ts 3:5 [énfasis del autor]): la diligencia de Uno que nunca consideró decir «solo un poco más» o «mañana», sino que trabajó mientras era de día (Jn 9:4). Aró en el frío otoñal de la vida, renunciando a cualquier excusa para no salvarnos. Y nunca gritó «¡un león!» aunque entró en la cueva misma (Sal 22:21).

Por eso el apóstol Pablo puede decirle al perezoso: «A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajando tranquilamente, coman su propio pan» (2Ts 3:12 [énfasis del autor]). En Cristo encontramos nuestro modelo de trabajo. En Cristo tenemos poder para trabajar. Y en Cristo muere el perezoso.

Scott Hubbard © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: todas las citas de este libro son traducción propia.

[2] N. del T.: traducción propia.

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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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