volver

El liderazgo está tropezando con tiempos difíciles. Como sociedad, desconfiamos de nuestros líderes, a menudo asumiendo que usarán su poder para obtener ganancias egoístas, en lugar de usarlo para nuestro bien. Esto hace que estos sean días terribles para asumir y ocupar un cargo, no solo en los negocios y en la política, sino que también en la iglesia.

Parte de nuestra desconfianza está bien fundamentada. Historias de uso y abuso viajan más rápido y más lejos que nunca en los rieles de los medios de comunicación modernos. Y los cristianos, de todas las personas, saben que, fuera de Cristo, «No hay justo, ni aun uno». ¿Cuán sorprendidos debemos estar al confirmarlo una y otra vez?

Sin embargo, es correcto que nosotros tengamos y mantengamos altos estándares en la iglesia. Creemos que Dios cambia corazones y comportamientos. Él da su Espíritu; Él obra en nosotros y por medio de nosotros progresivamente para conformarnos a la imagen de su Hijo. Esperamos más de los líderes en la iglesia y debemos hacerlo. Y como líderes en la iglesia, no solo debemos tomar el manto del liderazgo con seriedad, sino que con la ambición de mostrarle a la iglesia, y al mundo, que Cristo llama a un tipo diferente de líder.

Muchos textos del Nuevo Testamento nos dan imágenes del liderazgo cristiano que son claramente distintas a los paradigmas predominantes en el mundo (entre ellos encontramos Marcos 10:42-45; Hechos 20:18-35; 1 Timoteo 3:1-13; 2 Timoteo 2:22-26; Tito 1:5-9), pero al que acudo más a menudo y al que disfruto invitar a otros a leer es 1 Pedro 5:1-5. Oh, que Dios se complazca en nuestro tiempo en levantar y sustentar pastores como el descrito aquí, el tipo de pastor que todos queremos.

1. Hombres que estén presentes y que sean accesibles

Pedro comienza: «a los ancianos entre ustedes, exhorto yo […]: pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes […]» (1P 5:1-2). Él lo dice dos veces en una oración. Los pastores/ancianos (dos términos para el mismo liderazgo en el Nuevo Testamento) están entre la congregación, y la congregación está entre los ancianos. Forman la iglesia juntos; son un rebaño.

Buenos pastores son ante todo ovejas; lo saben y lo aceptan. Los pastores no componen una categoría fundamentalmente diferente de cristiano. Ellos no necesitan tener un intelecto, una oratoria de clase mundial ni habilidades directivas. Son cristianos promedio, normales, saludables, que sirven como ejemplos para el rebaño, mientras están entre el rebaño, mientras lideran enseñando la Palabra de Dios y tomando decisiones comunitarias sabias. Sus corazones se enorgullecen ante el cambio; veamos Lucas 10:20: «No se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos». Su primer y más fundamental gozo no es lo que Dios hace por medio de ellos como pastores, sino lo que Cristo ha hecho (y hace) por ellos como cristianos.

Buenos pastores, por tanto, están seguros en su alma y no son llevados de aquí para allá por la necesidad de impresionar o de demostrar lo que valen. Están felices de ser cristianos lo más normales posible, modelando un cristianismo maduro y saludable, y no estando por sobre la congregación.

Otra manera de decirlo es que tales pastores son evidentemente humildes. Después de todo, Pedro les encarga a «todos» —a los ancianos y a la congregación—, «todos revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1P 5:5). Las iglesias saludables están deseosas de revestirse de humildad en su trato con pastores que han liderado de una manera revestida de humildad.

Tales pastores no son solo humildes en la teoría, sino que también en la práctica. Ellos están presentes en la vida de la iglesia y son accesibles. Invitan, aceptan y reciben al rebaño. No pretenden pastorear al rebaño de Dios en todo el mundo, sino que se centran en aquel «entre ustedes» (los asignados a su cargo) y se deleitan de estar entre ese rebaño, no apartados ni distantes.

2. Hombres que trabajan juntos

Una de las verdades más importantes que contar sobre el ministerio pastoral es que Cristo tiene el propósito de que este sea un trabajo en equipo, no un espectáculo de un solo hombre. Como en 1 Pedro 5, y así en cada contexto en el que se menciona a los pastores/ancianos de la iglesia local en el Nuevo Testamento, el título es plural. Solo Cristo se sienta en la cabeza de la iglesia como Señor. Él quiere que sus subpastores trabajen, y prosperen, como un equipo.

Las iglesias maduras no quieren un líder intocable, encaramado encima de la iglesia en su púlpito, apartado a salvo de rendir cuentas y del intercambio turbulento de opiniones que conducen a la sabiduría. El tipo de pastores que anhelamos en esta era son buenos hombres con buenos amigos (amigos que los aman lo suficiente como para desafiar sus preferencias, para desafiarlos a ser honestos, y para hacer la vida más difícil y mejor al mismo tiempo, más incómoda y más fructífera a la vez).

3. Hombres que estén atentos y comprometidos

Los pastores también «velan[…] por él [rebaño]» (1P 5:2). No importa cuán frágiles hayan llegado a ser los humanos modernos, en lo profundo aún queremos líderes que no solo escuchen y que empoderen, sino que también sean proactivos y lideren. Aún queremos líderes que nos hablen la Palabra de Dios (Heb 13:7) y que en realidad hagan el trabajo difícil y costoso de guiar a los que han sido llamados. «Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios […]» (Hch 20:28).

No importa cuán experimentados y dotados puedan ser los pastores, no son hombres conocidos por su amplia experiencia ni por su entendimiento administrativo. Al contrario, son conocidos como hombres del Libro; hombres para quienes tener la Palabra de Dios marca toda la diferencia en el liderazgo; hombres cuyo estilo de liderazgo se basa en la Biblia. La Biblia no es un suplemento; es central. Dios ha hablado; eso cambia todo.

Queremos hombres que ejerzan gran influencia como maestros, no que insistan en controlar: «Tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño» (1P 5:3). Hombres que evidentemente sirvan a otros, no a sí mismos, con sus dones y autoridad. Hombres que en realidad lideren, no que solo ocupen puestos y cargos de autoridad. Hombres que no traten el cargo como privilegio, sino que como un llamado de Dios a morir a las comodidades y a la conveniencia personal para abrazar los caminos más difíciles. Hombres que ganan confianza, en lugar de presumirla. Hombres que, como dice Pedro, «pastoreen el rebaño de Dios» (1P 5:2), que no solo significa guiar y alimentar, establecer visión y comunicar, sino que también defender y proteger. Esto nos lleva a la cuarta cualidad.

4. Hombres que le hacen frente a las dificultades

La realidad aparece, para los líderes y las congregaciones, cuando llegan los días difíciles. Queremos el tipo de pastores que le hagan frente (no con fortaleza, necesariamente, aunque podría ser necesaria en alguna ocasión), sino que con aún más atención, con preguntas cuidadosas, con valientes consejos y continua enseñanza. En el conflicto, «el siervo del Señor» no debe solo ser amable y paciente, y corregir a quienes se le oponen tiernamente, sino que también debe «ser apto para enseñar» (2Ti 2:24-25). El pueblo de Dios no solo necesita enseñanza en tiempos de paz, sino que de igual manera los necesita en tiempos duros, e incluso más.

Los buenos pastores están a la altura frente a la dificultad. El «por lo tanto» de Pedro en el verso 1 se refiere a lo que él acababa de decir en el verso previo (1P 4:19): «Así que los que sufren conforme a la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien». El contexto de la petición de Pedro a los ancianos es el sufrimiento. Es por eso que él se dirige a los ancianos después: cuando los tiempos son más duros, el peso cae especialmente sobre los ancianos. Y así debe ser.

Los buenos pastores saben esto y viven esto. Cuando el estado del camino se torna duro, ellos están más presentes, no menos. Cuando emerge la incertidumbre, ellos están más atentos, no menos. No es que ellos deban estar seguros, o deban fingir estarlo, pero van adelante, lideran juntos, se apoyan en hermanos que están en la misma causa. No pretenden decir que su manera es la mejor o la única, pero al menos, con oración y consejo, proponen un camino a seguir. Cuando no saben qué hacer, saben qué hacer: miran a Dios (2Cr 20:12). Toman la iniciativa; corren el riesgo y se incomodan; superan su temor a equivocarse con el fin de cuidar a otros.

Abrazar el llamado al liderazgo pastoral en la iglesia es abrazar el sufrimiento. Los pastores sufren en maneras como pastores que no sufrirían de otra manera. Sin embargo, lo hacen mirando la recompensa, la ganancia, la gloria que corresponde al trabajo, no avergonzados, sino puros: «Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria» (1P 5:4), que nos lleva a nuestra cualidad final.

5. Hombres que disfrutan el trabajo

Las iglesias quieren pastores felices; no clérigos obedientes; no ministros quejumbrosos. El tipo de pastores que todos queremos es uno que quiere hacer el trabajo, que trabaja para nosotros con gozo. Queremos pastores que sirven «[…] no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios […]» (1P 5:2).

Dios mismo quiere pastores que trabajan de corazón. Él quiere que ellos aspiren al trabajo (1Ti 3:1) y que lo hagan con gozo (Heb 13:17). No obedientemente ni obligado, sino que voluntaria, entusiasta y felizmente. Y no solo «como quiere Dios», sino «como Dios mismo lo hace» (literalmente, «de acuerdo con Dios», kata theon). El hecho de que Dios nos ordene a trabajar como Él lo haría, nos enseña algo sobre quién es Dios. Él es un Dios que actúa desde el gozo. Él quiere pastores que trabajan con gozo porque Él es así con nosotros. Él es un Dios que se glorifica más no por pura obligación, si no por el entusiasmo y el disfrute, y Él mismo se preocupa por las personas voluntaria, entusiasta y felizmente.

Las iglesias conocen esto con profundidad: los pastores felices, no los ancianos quejumbrosos, contribuyen a iglesias felices. Los pastores que disfrutan el trabajo, y que trabajan con gozo, son un beneficio y una ventaja, para su congregación (Heb 13:17).

El capitán que todos queremos

Así son los pastores que todos queremos. Por supuesto, ningún hombre, y ningún equipo de hombres, encarnará esos sueños perfectamente; más bien, los hombres de Dios que aprenden a abrirse paso en sus tentaciones a paralizarse debido a sus imperfecciones. Ellos descansan felices en Cristo como el perfecto y gran Pastor de las ovejas, echan sus cargas sobre sus grandes hombros (1P 5:7), recuerdan que su Espíritu vive y obra en ellos, y luego dan el próximo valiente y humilde paso.

Y a medida que los pastores aprenden a vivir para estos sueños realistas; aunque no perfectamente, pero progresando de verdad por el Espíritu, algunos aspectos de nuestra cultura de liderazgo quebrada será sanada. Al menos nuestras iglesias, sino nuestro mundo, aprenderá a dejar de lado su desconfianza y a disfrutar del regalo de Dios de buenos pastores/maestros.

David Mathis © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
Photo of David Mathis
David Mathis
Photo of David Mathis

David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Habits of Grace: Enjoying Jesus through the Spiritual Disciplines [Hábitos de gracia: cómo disfrutar a Jesús a través de las disciplinas espirituales].
Otras entradas de David Mathis
El coronavirus no prevalecerá sobre su Iglesia
 
Pase lo que pase
 
Él selló su destino con una canción
 
Pídele a tus hijos que te perdonen