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Cuando se habla de discipulado, rápidamente imaginamos que se trata de un curso de seis semanas que se realiza uno a uno. Tanto es así que cuando se piensa en el discipulado, automáticamente se viene a la mente el material para el discipulado. No tengo nada en contra de este tipo de actividad —que, en lo personal, encuentro útil para el desarrollo del creyente—. Sin embargo, definir y delimitar el discipulado a solo eso, es demasiado reduccionista. Ahora, no podemos dejar de admitir que esta ha sido la tendencia. Para muchos, el discipulado es un curso y ser un discípulo es ser un tipo de creyente más avanzado.

A pesar de todo esto, no necesitamos una nueva definición de discipulado, sino volver al concepto original. El modelo neotestamentario de discipulado de Jesús era diferente al modelo de discipulado rabínico de su época. Los rabinos entrenaban a los jóvenes para que estos, al crecer y al llegar a la plena madurez teológica, pudiesen ser ellos mismos rabinos. Era un proceso profundamente racional, de formación escolar, académica y moral. En el modelo de Jesús, los discípulos siguen siendo discípulos, incluso cuando hacen discípulos. El discipulado de Jesús nunca termina, porque el discipulado de Jesús no es un curso, sino una relación con Él. La única forma de expresar fe en Jesús es siendo su discípulo, lo que no hace del discipulado una actividad extra, sino la misma confesión de fe en Cristo.

En el discipulado de Jesús, había cuatro características que estaban bien marcadas: llamado, fe, servicio y misión. Estos son conceptos conocidos, pero que normalmente son malinterpretados. Para una correcta comprensión del discipulado debemos desmitificar esos conceptos y aplicarlos más conscientemente a nuestras vidas. También es importante destacar que no son fases cronológicas ni etapas, sino que características que se manifiestan al mismo tiempo. Veamos cada una de ellas.

Llamado

Esto no tiene que ver con tener una designación especial dentro del discipulado de Jesús. El llamado de Jesús al discipulado es un llamado a ser, más que a hacer algo. Cuando Jesús nos llama a seguirlo, nos llama a abrazar la identidad del Reino; esa nueva humanidad que Él está formando. Debemos entender el llamado al discipulado como nuestra propia identidad en Cristo. Esto significa que debemos reconocer que en Cristo ya no somos lo que antes éramos y que un nuevo destino, un nuevo propósito y un nuevo valor nos ha sido dado. Hemos sido resignificados por Cristo. Estábamos muertos, pero Cristo nos ha dado vida.

Fe

Solemos ver la fe como la aceptación racional de ciertas doctrinas, pero la fe que Jesús demanda de sus discípulos tiene que ver con una sumisión total a Él y a sus propósitos. Es por eso que Jesús llamaba a sus discípulos a dejarlo todo y a seguirlo. La fe es la comprensión plena de que Jesús es el Cristo de Dios y la única reacción posible a esa comprensión es una entrega total. Por lo tanto, el discipulado de Jesús no solo profesa las doctrinas correctas, sino que expresa una entrega correcta y total: la verdadera disposición de morir por Él. Sin embargo, solo llegaremos a ese punto cuando entendamos que la fe es un constante asombro ante la persona de Cristo, de sus obras, de su poder y de su amor. La fe es estar tan dominado por la persona de Cristo que todas las cosas solo tienen sentido en Él, por Él y para Él.

Servicio

Normalmente, nosotros tendemos a glamorizar el servicio que la Biblia realmente nos muestra. Lo ponemos en un pedestal; no obstante, cuando hacemos esto, idealizamos el servicio y nos alejamos de él, transformándolo en hechos aislados más que en una conducta frecuente. Jesús llamó a sus discípulos a que sean siervos los unos de los otros, dando ejemplo Él mismo al lavarles los pies. El servicio debiera ser entendido como una forma común de vivir y no como hechos aislados de bravura servicial. El discipulado muestra nuestro entendimiento de quién es Jesús y lo que ha hecho cuando lo imitamos al poner a los demás primero. En otras palabras, la postura de siervo es la expresión de que hemos entendido completamente la gracia. No olvides que no solo hemos aceptado la gracia que nos fue ofrecida, sino que fuimos transformados por ella para ser agentes de misericordia en el mundo: imitadores de Cristo. Servir, por lo tanto, es poner las prioridades de los demás por sobre las nuestras y, eso no es fácil, no es «hermoso» y tampoco indoloro. Servir cuesta, duele; servir es difícil y se manifiesta en una constante lucha contra nuestro ego y bienestar. Servir no es hacer el bien al otro para que yo me sienta bien conmigo mismo, sino que es hacer el bien a los demás independiente, incluso, de cómo me sienta.

Misión

Un error común es entender la misión como una tarea para algunos, y eso está en el corazón del problema del discipulado. Para que quede claro, ser un creyente es ser un discípulo y ser un discípulo es ser llamado a la misión del Maestro. No se puede separar el discipulado de la misión, porque la misión es mucho más que ir a otros lugares y hablar de Jesús a otras personas. La misión del discípulo es ser el modelo de la Nueva Creación en el mundo; la manifestación del Reino de Cristo en la sociedad; la luz a las naciones; un elemento sanador en la sociedad. Hacer misión es más que hablar de Jesús, es vivir como Él vivió, andar como Él anduvo, romper con los ídolos de nuestra cultura humanista y denunciarlos, al anunciar con palabras y hechos la venida del Reino de Cristo. Así que el discípulo siempre está en misión y hace misión cuando vive una vida santa en un mundo roto: cuando cuida su familia según los valores del Reino, cuando participa activa y decididamente en su iglesia local, cuando ejerce su profesión con honestidad y amor, y cuando su esperanza de días mejores no está en las ideologías políticas y económicas de su época, sino que en la venida definitiva y gloriosa de Cristo y su Reino.

El discipulado no es un curso. El discipulado es la vida común del creyente que entiende que fue llamado por Cristo y que en Cristo tiene una nueva identidad. Un creyente que no se cansa de maravillarse de Jesús, que lo ama de todo corazón y que ha dejado todo por Él. Un creyente que encuentra su mayor gozo al imitar a Cristo sirviendo como Él sirvió y entregándose tan completamente a su causa que no encuentra otro propósito en la vida que vivir para la gloria de Dios con la expectativa de la venida de su Reino. Este es un verdadero discipulado centrado en el Evangelio.

Photo of Amós Cavalcanti
Amós Cavalcanti
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Amós Cavalcanti

Amós Cavalcanti está casado con Mariana Gualano. Actualmente sirve como pastor misionero en la plantación de la Iglesia Presbiteriana Pródigo en Valparaíso, Chile. Amós y Mariana son brasileños y a él le encanta el café y el fútbol.
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