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¿Alguna vez Dios te ha dado una lección incluso cuando enseñabas a otros? Hace poco di una charla sobre hospitalidad a un grupo de mujeres en un retiro. Mientras preparaba la charla, Dios me dio la posibilidad de poner en práctica la hospitalidad. Lamentablemente, no la tomé como una oportunidad, sino que como un obstáculo; una intromisión.

Una amiga, que generalmente recibe a nuestro grupo de la comunidad en su casa, tuvo que salir de la ciudad. Me pidió que me hiciera cargo y los recibiera en mi casa. Aunque le dije que sí, para ser sincera, no estaba contenta. Por un par de semanas, mi propia familia había estado fuera de la ciudad y estábamos recién volviendo a nuestra rutina. Pensar en limpiar mi casa para que se volviera a ensuciar era desagradable. Nuestra casa ya no está equipada para niños, por lo que me inquieté pensando qué hacer con todos los que vendrían mientras los adultos estuvieran en el estudio bíblico. Después, surgieron las preocupaciones sobre dónde se iban a sentar los invitados. Quizás lo que Pedro escribió en 1 Pedro 4:9, lo hizo pensando en mí: «practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse» (NVI).

La hospitalidad y la Biblia

La mayoría de nosotras, cuando pensamos en la hospitalidad, pensamos en lo que se ve: una casa limpia, una mesa perfectamente puesta, recetas deliciosas y velas parpadeantes. Podríamos mirar las elegantes fotos de las portadas de revistas de decoración de hogar y pensar, «mi casa nunca podrá verse así». Tal vez veamos las cuentas de Pinterest de nuestras amigas llenas de recetas y pensemos que somos un fracaso porque somos malas cocineras. Por otro lado, miramos nuestro comedor con cuatro sillas y nos preguntamos: «¿dónde se sentarán todos?».

 La Escritura toca el tema de la hospitalidad de forma diferente a como lo hacen las revistas o en la televisión. Esto no quiere decir que limpiar, ordenar nuestras casas para las visitas y preparar una buena cena no sea parte de eso. Simplemente, en la Biblia la hospitalidad es un medio para lograr un fin, pues abrir las puertas de nuestras casas es el medio para invitar gente a entrar a nuestras vidas y a nuestros corazones. En última instancia, compartir un pedazo de pan con otros en nuestro comedor nos da la oportunidad de compartir el Pan de Vida. Los detalles de la hospitalidad que nos preocupan tanto son, en realidad, el telón de fondo de la historia más grande que se lleva a cabo cuando invitamos personas a nuestro hogar.

Marta y María

Podemos ver esto con más claridad al leer la historia de María y Marta:

Mientras iban ellos de camino, Jesús entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta se preocupaba con todos los preparativos. Y acercándose a Él, le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude».

El Señor le respondió: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lucas 10:38-42).

La descripción que hace Lucas al contrastar a Marta con María nos muestra la función y el lugar correcto que debe tener la hospitalidad en nuestras vidas. Aquí vemos a Jesús enseñando y a María sentada a sus pies, aprendiendo de Él. Marta estaba preparando y sirviendo la comida, enfocada solo en los detalles para recibir gente en su casa, lo que la llevó a olvidar la razón por la que había recibido visitas en un principio: aprender de Jesús. Este pasaje dirige nuestra mirada al corazón y al propósito de la hospitalidad: compartir el Pan de Vida con otros.

A continuación, comparto cuatro consejos que nos ayudarán cuando abramos nuestros hogares hospitalariamente:

1. Los detalles son solo detalles

Para Marta, los detalles se transformaron en el centro de todas sus preocupaciones. Es cierto, necesitamos hacer una buena comida y tampoco está mal preparar un lugar cálido y cómodo para recibir a nuestras visitas. Sin embargo, debemos recordar que aquellas actividades son simplemente el telón de fondo de la historia más importante que se está desarrollando en nuestros hogares.

Si ordenar y limpiar nuestra casa para nuestras visitas se vuelve nuestro centro, podemos perdernos la oportunidad de compartir con otros el desorden y la suciedad de nuestras vidas. Si nuestra mayor preocupación es ver cómo va a entrar un gran grupo de personas en nuestra casa, nos perderemos la oportunidad de hacer un espacio en nuestro corazón para otros. Si nos inquietamos por preparar la mejor cena, nos perderemos la oportunidad de compartirles el alimento que realmente satisface al ser humano.

2. Revisen su corazón

Si nos encontramos, como Marta, estresadas por los detalles de nuestra hospitalidad, significa que se ha convertido en el centro de atención de nuestro corazón. Cuando nos comprometemos con la hospitalidad, necesitamos revisar constantemente nuestro corazón. Necesitamos hacernos preguntas como, ¿nos quejamos en nuestros corazones cuando tenemos que abrir nuestra casa a otros? ¿Nos consumen los detalles? ¿Nos distraen de relacionarnos con las personas? ¿Nos importa más cómo se ve nuestra casa o cómo está la comida que la exaltación de Cristo?

3. No alejen a las visitas

Marta quería alejar a su hermana de los pies de Cristo. Si lo que hacemos con nuestra hospitalidad interfiere o impide animar a las personas con el Evangelio, entonces, no estamos comprometidos con la hospitalidad bíblica. Jesús le dijo a Marta que María había escogido lo mejor. Deleitarse en Cristo, ser animados por el Evangelio y aprender de la Palabra de Dios son todas prioridades que están por sobre los detalles que trae la hospitalidad. La verdad es que lavar los platos puede esperar. Además, alimentar un alma hambrienta es más importante que alimentar un estómago vacío.

4. No se trata de nosotros

Marta estaba centrada en sí misma y en lo que quería que estuviera listo, no en la misión de Cristo. Nuestro propósito debe ser la misión de Dios, no satisfacer nuestros propios deseos y anhelos. Si el foco está en nosotros y no en Cristo, nuestra hospitalidad no es bíblica. Podemos verlo cuando nuestros corazones se resisten a ser hospitalarios, cuando nos quejamos y reclamamos por eso, y también cuando la perfección de los detalles nos absorbe.

La próxima vez que abramos nuestras puertas a invitados, oremos para que nuestros corazones magnifiquen a Cristo en todos nuestros esfuerzos por ser hospitalarias. Que todo lo que hagamos, en cada uno de los detalles, sea para Cristo y para su gloria, enfocando a nuestros invitados en la única cena que realmente llenará sus almas.

¿Qué hay de ti? ¿Te preocupas mucho por los detalles que implica la hospitalidad? ¿Te quejas cuando piensas en abrir tu casa a otros? ¿Cómo cambia nuestro corazón respecto a la hospitalidad recordar el propósito de esta?

Este artículo fue originalmente publicado en Revive Our Hearts. Usado con permiso.
Photo of Christina Fox
Christina Fox
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Christina Fox

Christina Fox escribe para muchos ministerios cristianos, dentro de los cuales se encuentran Desiring God, The Gospel Coalition, True Woman y ERLC. Es autora de Los ídolos en el corazón de una madre; Un temor santo: cómo el temor del Señor te proporciona gozo, seguridad y paz; Esperanza para el corazón de una madre. Puedes encontrar más de sus recursos en www.christinafox.com.
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