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En Cristo, Dios hizo que nuestros corazones ardieran por Él. Aunque nuestros afectos suben y bajan, y nuestro fervor bulle con mayor intensidad en algunos días más que en otros, la frialdad no es la herencia del cristiano. Somos de los que andan por el camino a Emaús, nuestras almas arden a medida que Cristo abre, una y otra vez, las Escrituras que hablan de Él (Lc 24:32). Pertenecemos a la comunidad de corazones fervorosos.

Sin embargo, también sabemos lo que se siente cuando el fuego apenas arde, cuando una frialdad se asienta en un corazón que, en otro entonces, estaba en llamas. Algunos de nosotros nos sentimos así casi todas las mañanas. Nuestros corazones se enfrían durante la noche como una fogata abandonada. Nos despertamos sintiéndonos como cenizas que necesitan el soplo del Espíritu para avivarlas de nuevo.

¿Qué podemos hacer cuando nuestro corazón se enfría? Muchos cristianos del pasado, verdaderas lámparas ardientes y brillantes, no solo nos aconsejarían leer y orar la Palabra de Dios, sino también a mermar el ritmo, a respirar profundo y a meditar en su Palabra.

¿Qué es la meditación?

Actualmente, la forma más común de meditar es sentarse o arrodillarse por un tiempo determinado, prestando atención a la inhalación y a la exhalación. La mente participa, pero no en forma muy activa. La meditación bíblica, en cambio, requiere más pensamiento y sensibilidad que postura y respiración. Y lo más importante, la meditación bíblica no se enfoca en nuestra respiración, sino en la de Dios: nos entregamos, con rigurosa reflexión, a su Palabra exhalada, hasta que nuestros corazones vuelvan a avivarse.

Tim Keller, al resumir a John Owen, nos ofrece una descripción concisa y útil de lo que es la meditación:

La meditación es procesar una verdad y luego aplicar esa verdad hasta que sus ideas lleguen a ser «grandes» y «dulces», conmovedoras, y hasta que la realidad de Dios se sienta en el corazón» (La oración, 171).

La definición de Keller encuentra su expresión clásica en el Salmo 1, el pasaje por excelencia de la Escritura sobre la meditación. Aquí el salmista procesa la verdad llenando su mente con «la ley de Dios» en lugar del «consejo de los impíos» (Sal 1:1-2). Piensa una y otra vez, durante momentos específicos y también «de día y de noche» (Sal 1:2), concentrando toda su energía en entender la verdad revelada de Dios.

El salmista también aplica la verdad, forzándola a entrar a su alma hasta que la Escritura se vuelve la savia que recorre cada rama (Sal 1:3).  No solo entiende la Palabra de Dios, sino que también la saborea: «[…] en la ley del Señor está su deleite […]» (Sal 1:2 [énfasis del autor]). La verdad llega a ser grande y dulce para él, desplazando otros placeres que lo rodean (Sal 1:1).

Finalmente, después de haber procesado la verdad en su mente y de haberla aplicado en su corazón, la verdad se desarrolla a sí misma en su vida y esto lo pone en un camino de prosperidad espiritual, que es el preludio de un día feliz de juicio (Sal 1:4-6). No es de sorprender que sea «bienaventurado» (Sal 1:1) e inmensamente feliz en el Dios que pronuncia palabras tan maravillosas.

¿Por qué debemos meditar?

El Salmo 1 ya nos ha ofrecido varias razones por las que debemos meditar. La meditación enciende y deleita nuestros corazones (Sal 1:2). La meditación nos protege del destino de los impíos (Sal 1:1, 5). La meditación nos hace fuertes y fructíferos como árboles plantados junto a ríos (Sal 1:3). Sin embargo, el primer versículo del próximo salmo también nos ofrece otra razón convincente.

El Salmo 2, que registra la furia inútil de los incrédulos en contra del rey ungido de Dios, comienza diciendo: «¿Por qué se sublevan las naciones, y los pueblos traman cosas vanas?» (Sal 2:1). Sorprendentemente, como lo observa Derek Kidner, la palabra en hebreo que se usa aquí para tramar es la misma palabra para meditar en el Salmo 1:2. El hombre bienaventurado medita; también lo hacen las naciones impías así como todos los demás. Meditaremos de una manera u otra: si no lo hacemos en la Palabra de Dios, lo haremos en palabras provistas por nuestra carne, el mundo o el diablo.

En un mundo como el nuestro, la meditación piadosa es una forma de resistencia, una reconquista y renovación de una mente que una vez se rebeló contra Dios. Kidner escribe sobre el Salmo 1: «La mente es el primer baluarte en ser defendido en el versículo 1 y es tratada como la clave de acceso hacia la totalidad del hombre […]. Lo que sea que forme realmente el pensamiento del ser humano, moldea su vida» (Salmos 1-72, 64)[1]. En otras palabras, cuando capturas la mente, capturas al hombre.

¿Cómo meditamos?

Entonces, en la práctica, ¿cómo podemos meditar? ¿Qué pasos podemos dar, con la ayuda de Dios, para procesar y aplicar su verdad de manera que sean las palabras de Dios las que nos formen en lugar de las de los hombres?

Considera una modesta estrategia: prepara tu mente y corazón, haz una pausa y reflexiona, y luego repítela a tu corazón. A estos pasos también podemos agregar la breve pero necesaria precuela de elegir un lugar y un momento, probablemente como parte de nuestra lectura bíblica diaria. Aunque la meditación no es solo un acto discreto, sino también un estilo de vida («de día y de noche»), este estilo de vida se desarrolla en esos momentos habituales e ininterrumpidos (incluso a diario) que pasamos en meditación enfocada. Para algunas personas, puede que estos momentos sean escasos, pero aquellos que hacen los sacrificios necesarios para tener aunque sea breves períodos de meditación, encontrarán beneficios más que suficientes para compensar sus pérdidas.

Después de haber elegido un lugar y un momento, estamos listos para preparar nuestras mentes y corazones.

1. Prepara tu mente y corazón

John Owen describe una experiencia familiar en la meditación: «Comencé a pensar en Dios, en su amor y gracia en Cristo Jesús, en mi deber hacia Él; y ¿dónde me encuentro ahora en cuestión de minutos? En los confines de la tierra» (Works of John Owen [Obras de John Owen], 7:382)[2]. La meditación en el amor de Dios puede transformarse rápidamente en meditaciones sobre el almuerzo, sobre los  quehaceres diarios o sobre los correos electrónicos. Parte de nuestra preparación es saber que encontraremos dificultades.

La meditación requiere el tipo de determinación espiritual que dice: «Meditaré en tus preceptos y consideraré tus caminos» (Sal 119:15). El salmista fijó los ojos de su mente en la Palabra de Dios, negándose a mirar los objetos brillantes a su alrededor. Fijó su atención, bloqueó las puertas a toda distracción y desechó todo pensamiento intruso. Y cuando descubrió a su mente distrayéndose y a su mirada deambulando, el salmista no desistió ni se dio por vencido, más bien tomó estos pensamientos erráticos y volvió a fijar su mirada.

Más que eso, el salmista ora. Su experiencia pasada y presente revelan su insuficiencia para meditar. Por eso él ruega: «Abre mis ojos», «Vivifícame», «Hazme entender», «Ensancha mi corazón», «Enséñame», «Hazme andar», «Inclina mi corazón», «Aparta mis ojos» y así sucesivamente (Sal 119:18, 25, 27, 32, 33, 35-37). Quienes intentan meditar sin orar no solo rechazan la armadura de Saúl, sino también la honda de David, desarmados luchan solos contra el Goliat de la distracción.

Los meditadores maduros han aprendido a no desmayar a la primera tentación de distraerse (o a la décima) y también a no confiar solo en su propia determinación.

2. Haz una pausa y reflexiona

La meditación no es lo mismo que la lectura bíblica. La lectura bíblica nos coloca bajo las estrellas, en cambio la meditación nos invita a usar el telescopio para estudiar a Orión o a Sirio. La meditación comienza cuando hacemos una pausa en alguna gloria en particular y comenzamos a reflexionar. Quizás esta gloria nos hizo detenernos justo en la mitad de nuestra lectura bíblica o quizás nos hizo devolvernos a ella al terminar el pasaje; en ambos casos comenzamos a procesar esta gloria específica: buscándola, examinándola, observándola y entendiéndola.

Procesar una verdad puede tomar una gran cantidad de formas. Si recién hemos terminado de leer el Salmo 1 y queremos meditar en la primera parte del versículo 2 («Y en la ley del Señor está su deleite»), podríamos, por ejemplo, escribir el versículo lentamente. O podríamos leer el versículo en forma reiterada, enfatizando una palabra diferente cada vez: «Y en la ley del Señor está su deleite»; «Y en la ley del Señor está su deleite […]». O podríamos forzarnos a hacernos preguntas: ¿cómo se relaciona «la ley del Señor» con «el consejo de los impíos» en el versículo 1? ¿Por qué dice el salmista que su deleite está en la ley del Señor en lugar del Señor mismo?

No temas hablar en voz alta. La palabra meditar conlleva la idea del habla; de ahí que los traductores a veces la traducen como hablar, proferir o murmurar (Sal 35:28; 37:30; Is 8:19). Es por eso también que Dios le dice a Josué: «Este libro de la ley no se apartará de tu boca» (Jos 1:8 [énfasis del autor]). Así que intenta también hablar la Palabra de Dios porque, al menos, te puede ayudar a enfocar tu atención.

3. Repítela a tu corazón

Algunos pueden estar tentados a detenerse aquí. Pero procesar una verdad es solo parte de la meditación, porque un corazón que entiende la Palabra de Dios aún puede sentirse frío respecto a ella; puede experimentar luz, pero sin calor. Por tanto, después de procesar y aplicar una verdad debemos repetirla a nuestros corazones.

Es probable que decir «predícate a ti mismo» suene como una aplicación trillada. Puede ser que estemos muy familiarizados con la idea, pero me pregunto si ha sido realmente puesta en práctica o si, tal vez, se intentó un par de veces y luego se dejó a un lado. En cualquier caso, uno de los métodos más poderosos para repetirnos la verdad de Dios en el corazón es predicándotela. Tal como Richard Baxter escribió: «“[debemos] imitar al predicador más poderoso que [hemos] escuchado”» (En pos de los puritanos y su piedad).

¿Cuántas veces te paras en el púlpito de tu alma durante tus devocionales? ¿Qué tan a menudo tomas una verdad y juegas el papel de un profeta o salmista, no para otros, sino para ti mismo? ¿Con cuánta frecuencia reprendes tu propia incredulidad, le declaras la inamovible verdad de Dios a tus fluctuantes sentimientos y te esfuerzas por predicarle fuego a tu frío corazón?

«Meditaré»

La meditación no es solo para cristianos ardientes y fervorosos, sino también para los que saben que no lo son. La meditación es para aquellos que, como el autor del Salmo 119, pueden decir: «Me he descarriado como oveja perdida […]» (Sal 119:176), ya sea por un día, una semana o un mes.

El mismo salmista, quien era propenso a divagar, le dice cuatro veces a Dios y a sí mismo: «Meditaré» (Sal 119:15, 27, 48, 78). Meditaré porque sé que mi corazón necesita calor. Meditaré porque sé con cuánta facilidad me descarrío. Meditaré porque necesito ver su gloria. Meditaré porque solo Él puede reavivar mi deleite.

Bienaventurados, ¡felices!, aquellos que dicen lo mismo (Sal 1:1-2).

Scott Hubbard © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.: traducción propia.

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Scott Hubbard

Scott Hubbard se graduó de Bethlehem College & Seminary y es editor de desiringGod.org. Vive en Minneapolis.
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