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Nota del editor: esta es la respuesta a una de las diferentes preguntas que los oyentes del podcast Ask Pastor John le hacen al pastor John Piper.


¿Cuándo deberíamos dejar de seguir a nuestros líderes cristianos? ¿Cuándo nuestra lealtad a Dios invalida nuestra lealtad a ciertos líderes? Nos llegó la pregunta de una radioyente llamada Peggy. «Hola, pastor John. Quisiera que me responda una pregunta crucial. Como cristianos, ¿prometemos compromiso a la iglesia o a Dios? ¿Cuándo y cómo se deben establecer esos límites?

La manera en la que le responderé a Peggy va a depender de a qué se refiere ella cuando dice, «lealtad a la iglesia». ¿Quiere decir lealtad al pueblo de Dios como un todo; concretamente, la iglesia universal que consiste en todos los hijos de Dios que han nacido de nuevo por medio del Espíritu Santo, por medio del Evangelio, o quiere decir una expresión local particular de esa iglesia? Quizás ella ni siquiera esté pensando en esa distinción, pero es una importante, por lo que le voy a responder en ambos niveles: primero, la iglesia universal; luego, la iglesia específica.

Tres testigos diferentes en el Nuevo Testamento, Pablo, Juan y Pedro, nos dicen que estar unidos a Dios en Cristo es estar unidos en principio y amor al pueblo de Dios. No se nos permite escoger entre pertenecer a Dios y pertenecer a su pueblo. Siempre van juntos. Tener a Dios es tener a la familia de Dios. Tener al Padre es tener a sus hijos como hermanos y hermanas.

No hay escapatoria; así es. Amar al Padre es amar a los hijos.

Este es el testimonio de Juan: 1 Juan 5:1: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios. Todo aquel que ama al Padre, ama al que ha nacido de Él». No puedes decir: «voy a amar a Dios y ser fiel a esa relación y no tendré nada que ver con los cristianos». No se puede hacer así; es contradictorio. Esto dice 1 Juan 3:14: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos». La realidad de haber nacido de nuevo, y por consiguiente, pertenecer a Dios como nuestro Padre, solo puede conocerse si amamos a los hermanos y hermanas cristianos. Si no los amas, entonces no puedes saber si perteneces a Dios.

En 1 Juan 4:20 dice: «Si alguien dice: “yo amo a Dios”, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso». Juan es claro. Él marca un límite firme. El texto continúa: «Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto». No puedes afirmar amar a Dios honestamente o ser leal a Dios donde no hay amor por sus hijos, tus hermanos y hermanas. Ese es el testimonio de Juan.

Este es el de Pablo. Esto es Romanos 12:5: «Así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros». Ser injertados en el cuerpo de Cristo por fe unidos a Él es ser miembros los unos de los otros. Estar en Cristo es estar unidos a otros miembros del cuerpo. No puede ser de otra manera.

Este es el testimonio de Pedro. Esto es 1 Pedro 2:4-5: «Y viniendo a Él [a Cristo], como a una piedra viva, desechado por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también ustedes, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo». En otras palabras, venir a Cristo, la piedra viva, es edificar con otras piedras vivas, como tú, una casa. No puedes ir a Él en otros términos. Concluyo: la lealtad a Dios en Jesucristo necesariamente incluye lealtad de amor a su pueblo. Esa es la iglesia universal, cristianos, donde sea que los encuentres.

En segundo lugar, ¿qué pasa con la lealtad a una iglesia local específica? Supongo que Peggy está hablando de esto. Creo que todo el lenguaje sobre la membresía en Cristo y en el cuerpo del Nuevo Testamento implica tomar muy en serio la membresía en una iglesia local, pero esta lealtad no es absoluta como la lealtad al pueblo de Dios en general. Sabemos esto porque existen instrucciones en el Nuevo Testamento que implican que el liderazgo de una iglesia puede no ser digna de ser seguida, lo que implicaría no someterte más al ministerio de ese liderazgo.

Por ejemplo, 1 Timoteo 5:19-20 habla sobre lo que pasa cuando un anciano deja de estar calificado para serlo. Esto es lo que sucede: «No admitas acusación contra un anciano, a menos que haya dos o tres testigos». Supongamos que tienes tres testigos y el anciano es culpable. «A los que continúan en pecado» (ancianos que siguen pecando; en otras palabras, que ya no están calificados) «repréndelos en presencia de todos para que los demás tengan temor de pecar». Ahora, eso implica que si este principio de lidiar con los ancianos no calificados no se lleva a cabo, la congregación no tendrá más opción que desligarse de los ancianos no calificados. Ese es el significado de no calificados. No pueden liderar a nadie, por lo que no van a liderarnos a nosotros. Si no pueden renunciar a su liderazgo por no estar calificados, entonces nosotros tenemos que renunciar a estar bajo su liderazgo para ser obedientes al texto, creo. Diría que este es el caso de miles de iglesias que tienen pastores que no creen en las verdades básicas del Evangelio.

Aquí hay dos ejemplos más. En 1 Corintios 5:11 dice: «Sino que en efecto les escribí que no anduvieran en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador. Con esa persona, ni siquiera coman». Bueno, ¿qué pasaría si tu pastor fuera el que se está acostando con cualquiera, fuera culpable de avaricia, fuera un desfalcador, un idólatra, un difamador, un borracho o un estafador? ¿Qué pasaría si es tu pastor el que está viviendo en inmoralidad sexual? ¿Qué pasaría si los otros ancianos son cómplices y no lo están disciplinando? Bueno, entonces el texto dice que se supone que no debes tener nada que ver con él, así que claramente no estarías más bajo su ministerio.

Un ejemplo más, 2 Juan 10-11 dice: «Si alguien viene a ustedes y no trae esta enseñanza» (concretamente, la enseñanza apostólica) «no lo reciban en casa, ni lo saluden, pues el que los saluda participa en sus malas obras». Bueno, ¿qué pasaría si tu pastor es quien no está llevando la enseñanza apostólica y los ancianos no están haciendo nada al respecto? El texto dice que ni siquiera lo saluden. Si se supone que no deben saludarlo, ¿cuánto más no deberías asistir a su iglesia?

Mi conclusión para Peggy es que debe darse cuenta de que pertenecer a Jesucristo y ser hija de su Padre celestial la vincula en una relación de amor y en una relación leal con todos los cristianos verdaderos. No podría ser indiferente para amarlos y eso significa hacer comunidad con ellos de cierta forma. Debe deleitarse en esto y buscar encontrar maneras de vivirlo. Sin embargo, en cuanto a su lealtad a cualquier iglesia local específica depende de que el liderazgo cumpla sus responsabilidades morales, espirituales y doctrinales.

John Piper © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
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