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Nota del editor: esta es la respuesta a una de las diferentes preguntas que los oyentes del podcast Ask Pastor John le hacen al pastor John Piper.

Estoy seguro de que estás consciente de que el coronavirus continúa acaparando los titulares a medida que se esparce a lo largo del mundo, presente ahora en 53 países. El número de los infectados está por sobre las 83.000 personas. Las víctimas fatales son casi 3.000. Es una epidemia multinacional que está cerca de convertirse en una pandemia mundial.

En situaciones como esta, es muy fácil perder la fe y vivir atemorizados por los titulares y lo desconocido. Esta incertidumbre mundial ya ha alcanzado a varios países; sin embargo, hace varios días comenzamos a recibir mensajes de nuestros auditores del Sudeste Asiático que nos actualizaban de la situación allá. Dentro de ellos, un hombre que está en Singapur nos escribió esto: 

Querido pastor John, ¡hola! Me gustaría preguntarle sobre el brote desplegado de coronavirus que comenzó en China y ha avanzado infectando muchas personas más alrededor del mundo. Cuando llegó a Singapur, el gobierno y los ciudadanos respondieron bien y nuestros esfuerzos colectivos recibieron elogios internacionales. No obstante, las respuestas de la iglesia están mezcladas. Muchos continúan realizando servicios dominicales, con las precauciones correspondientes; otras, suspendieron todos los servicios de la iglesia. Algunos pastores están prometiendo: «si eres creyente, ¡Dios no permitirá que el virus te toque!»; otros pastores dicen: «este es el juicio de Dios sobre las ciudades pecaminosas y las naciones arrogantes». Pastor John, ¿cómo los cristianos, con Biblia abierta, pueden entender la epidemia del coronavirus?

Bien, intentaré responder, con una Biblia abierta frente a mí, la pregunta que se me hizo: «¿cómo podemos entender esto? ¿Cómo comprenderlo?». Sin embargo, antes de hacerlo, permíteme solo decir que tengo cierto recelo, porque hago una distinción entre ayudar a las personas a prepararse para sufrir al entender la enseñanza bíblica del sufrimiento; esa es una cosa. Otra cosa es encarnar física y emocionalmente esa teología cuando alguien está sufriendo. Y ahora hay miles de personas que están muriendo, lo que significa que existen cientos de miles de personas que están llorando las pérdidas de sus seres queridos. Lo que estoy a punto de decir podría no ser oportuno para alguna de sus vidas, si yo estuviera en terreno, en una iglesia, buscaría discernimiento para saber si es momento de decirlo o no.

Nadie más fuerte que Jesús

Con ese prefacio, permíteme intentar responder lo que se me ha pedido: cómo comprender lo que está ocurriendo con este virus mortal. Comencemos con un hecho empírico e histórico y con un hecho claro de la Biblia. El hecho empírico es que en el Día del Señor, un domingo, 26 de diciembre, 2004, más de 200.000 personas murieron por un tsunami en el Océano Índico, incluyendo iglesias enteras reunidas para adorar en el Día del Señor, barridas por la muerte. Ese es el hecho histórico. Ese tipo de cosas le han ocurrido a cristianos, por todo el tiempo que han existido los cristianos. Ahora, el hecho bíblico se encuentra en Marcos 4:41: «Aun el viento y el mar le obedecen [a Jesús]». Eso es verdad tanto hoy como lo fue entonces. «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb 13:8).

Por lo tanto, juntemos esos dos hechos (el histórico y el bíblico) y obtendremos esta verdad: Jesús podría haber detenido el desastre natural del 2004, pero no lo hizo. Puesto que Él siempre hace lo que es sabio, correcto, justo y bueno, entonces, Él tuvo propósitos sabios y buenos para ese fatal desastre.

Diría lo mismo, por tanto, sobre el coronavirus. Jesús tiene todo el conocimiento y toda la autoridad sobre las fuerzas naturales y sobrenaturales de este mundo. Él conoce exactamente dónde comenzó el virus y hacia dónde se dirige. Él tiene el poder completo para detenerlo o no. Y eso es lo que está sucediendo. Ni el pecado, ni Satanás, ni la enfermedad, ni el sabotaje son más fuertes que Jesús. ÉI no puede ser acorralado; nunca es forzado a tolerar lo que no quiere. «El consejo del Señor permanece para siempre, los designios de su corazón de generación en generación» (Sal 33:11).

«Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas», dice Job en su propio arrepentimiento, «y que ninguno de tus propósitos puede ser frustrado» (Job 42:2). Por lo tanto, la pregunta no es si Jesús está supervisando, limitando, guiando, gobernando todos los desastres y todas las enfermedades del mundo, incluso todas sus dimensiones pecaminosas y satánicas, porque sí lo hace. La pregunta es, con nuestras Biblias abiertas, ¿cómo debemos entender esto? ¿Cómo comprenderlo?

A continuación, comparto cuatro realidades bíblicas que podemos usar como elementos básicos en nuestro esfuerzo para entender y comprender este virus:

1. Sujeta a frustración

Cuando el pecado entró en el mundo por medio de Adán y Eva, Dios ordenó que el orden creado, incluso nuestros cuerpos físicos como personas creadas a su imagen, experimentaran corrupción y frustración, y que todo lo viviente muriera.

Los cristianos, al ser salvados por medio del Evangelio de la gracia de Dios, no escapan a esta corrupción y frustración física ni a la muerte. La base de este punto se encuentra en Romanos 8:20–23 (NVI):

Porque [la creación] fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que [Dios] así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. [Y este es el verso clave para los cristianos] Y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo.

Viene el día cuando toda la creación será liberada de la esclavitud y de la enfermedad, del desastre y de la muerte, y heredará la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Hasta entonces, los cristianos, dice Pablo, «que tenemos las primicias del Espíritu» gemimos con toda la creación, compartiendo la corrupción y la frustración, las enfermedades, los desastres y la muerte, mientras esperamos con gemidos la redención de nuestros cuerpos (eso ocurre en la resurrección).

La diferencia para los cristianos, que confían en Cristo, es que la experiencia que tenemos de esta corrupción no es condenación. Romanos 8:1: «Por tanto, ahora no hay condenación». El dolor para nosotros es purificador, no punitivo. «Dios no nos ha destinado para la ira» (1Ts 5:9). Morimos por enfermedades como todos los hombres, no necesariamente por un pecado en particular; eso es realmente importante. Morimos por enfermedades como todas las personas debido al pecado. Sin embargo, para quienes están en Cristo, el aguijón de la muerte es removido (1Co 15:55). Ese es el elemento esencial número uno para entender lo que está sucediendo.

2. La enfermedad como misericordia

A veces Dios provoca enfermedades en su pueblo como un juicio purificador y rescatador, que no es condenación, sino un acto de misericordia para sus propósitos salvíficos. Este punto se basa en 1 Corintios 11:29-32. Este texto lidia con el mal uso de la Cena del Señor, pero el principio es más amplio. Este es:

Porque el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí [esto se refiere a los cristianos en la Mesa del Señor]. Por esta razón hay muchos débiles y enfermos entre ustedes [ustedes, cristianos], y muchos duermen. Pero si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero cuando somos juzgados [con esta enfermedad, debilidad y muerte], el Señor nos disciplina [disciplina como a un hijo] para que no seamos condenados con el mundo.

Ahora, asimila esto. El Señor Jesús toma la vida de sus amados y las lleva por debilidad y enfermedad —las mismísimas palabras, por si acaso, que se usan para describir las debilidades y enfermedades que Jesús sana en su vida terrenal (Mt 4:23;8:17; 14:14)— y los lleva al cielo. Él los lleva al cielo debido a la trayectoria del pecado de ellos que Él estaba cortando y del que los salva. No castigándolos, sino que salvándolos.

En otras palabras, algunos de nosotros morimos debido a enfermedades «para que no seamos condenados con el mundo» (v. 32). Si Él puede hacer eso en algunos de los amados en Corinto, Él puede hacerlo en muchos, incluso por medio del coronavirus. Y no solo por abusar de la Cena del Señor, sino que también por otros tipos de trayectorias pecaminosas, aunque no toda muerte se debe a un pecado particular. Este es el elemento esencial número dos.

3. La enfermedad como juicio

A veces Dios usa las enfermedades para ejercer juicios particulares sobre aquellos que lo rechazan y se entregan al pecado. Daré dos ejemplos: en Hechos 12, Herodes, el rey, se exaltó a sí mismo al ser llamado dios. «Al instante, un ángel del Señor lo hirió, por no haber dado la gloria a Dios; y Herodes murió comido por gusanos» (Hch 12:23). Dios puede hacer eso con todos los que se exaltan a sí mismos. Esto significa que debemos maravillarnos de que más de nuestros gobernantes no caigan muertos cada día debido a su arrogancia ante Dios y el hombre. Pura gracia y misericordia común.

Otro ejemplo es el pecado del acto sexual homosexual. En Romanos 1:27 (NVI) dice: «Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión». Ese es un ejemplo de la ira de Dios en Romanos 1:18, donde dice: «Porque la ira de Dios se revela [está siendo ahora] desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad». Ese es el elemento esencial número tres, que Dios puede usar la enfermedad, y lo hace, para ejercer juicio a veces sobre aquellos que lo rechazan a Él y a sus caminos.

4. El trueno de Dios

Todos los desastres naturales (ya sean inundaciones, hambrunas, langostas, tsunamis o enfermedades) son un trueno de la divina misericordia de Dios en medio del juicio, llamando a su pueblo en todas partes a arrepentirse y a realinear sus vidas, por gracia, con el valor infinito de la gloria de Dios. La base para este elemento esencial se encuentra en Lucas 13:1-5. Pilato había sacrificado adoradores en el templo. La torre de Siloé se había derrumbado y había matado dieciocho transeúntes. La multitud quería saber de Jesús, igual como me han preguntado a mí: «bueno, explícame esto, Jesús. Dinos qué piensas sobre estos desastres naturales y esta crueldad. Estas personas solo estaban ahí y ahora están muertas».

Esto es lo que Jesús responde en Lucas 13:4-5: «¿O piensan que aquellos dieciocho, sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Les digo que no; al contrario, si ustedes no se arrepienten [Jesús hace el cambio de ellos a ustedes], todos perecerán igualmente».

Ese es el mensaje de Jesús al mundo en este momento de la historia, bajo el coronavirus; un mensaje para cada uno de los seres humanos. Tú y yo, y todos los que están leyendo, y cada gobernante en el planeta, cada persona que escucha esto, está recibiendo un mensaje de trueno de Dios, que dice: «arrepiéntete». (Y creo que las autoridades chinas deben poner especial atención, pues recientemente —leí otro artículo sobre esto hace solo unos días— han sido cada vez más duros y represivos con los seguidores de Cristo). Arrepiéntete y busca que la misericordia de Dios alinee sus vidas, nuestras vidas, con su valor infinito.

John Piper © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
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