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Nota del editor: esta es la respuesta a una de las diferentes preguntas que los oyentes del pódcast Ask Pastor John le hacen al pastor John Piper.


Buenos días a todos, gracias por escuchar nuestro pódcast. Veamos, ¿es pecado no alcanzar la excelencia en nuestro trabajo? Esta es una muy buena pregunta, relevante para los hombres de negocios, para las amas de casa, para los voluntarios, para los estudiantes y para todos nosotros. La pregunta la hace un oyente llamado Dylan. 

Esta es su pregunta: «pastor John, hola y ¡gracias por responder a mi pregunta! En Colosenses 3:22-24, Pablo exhorta a sus lectores a que “todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. ¿Significa eso que todo trabajo que no es hecho en forma excelente es pecado? ¿Cómo aplicamos la visión de Dios sobre el trabajo cuando estamos limpiando nuestra casa, escribiendo un ensayo para el colegio o durante nuestro trabajo de nueve a cinco? Me he estado sintiendo culpable por el modo en que manejo estas cosas desde hace meses y no estoy seguro si solo estoy siendo farisaico o si estoy siendo desobediente al Señor. ¿Está describiendo Pablo un tipo de excelencia en todo lo que hacemos?».

Permítanme comenzar con una ilustración de mi ministerio de unos treinta años atrás. En ese entonces, estábamos analizando en la iglesia cómo considerar las expectativas de excelencia en la música, en los servicios de adoración. Había un grupo que insistía en la excelencia técnica y citaba 2 Samuel 24:24: «No ofreceré al Señor mi Dios holocausto que no me cueste nada», lo que aplicado a nuestra situación significaba: «no ofreceré a Dios ninguna música en nuestros servicios de adoración que no me cueste un esfuerzo extraordinario en la práctica para que técnicamente sea excelente, es decir, sin falta alguna».

Además, había otro grupo o quizás debería decir que estaba yo. Apreciaba ese compromiso de excelencia; sin embargo, mi gentil rechazo a este enfoque era que, en la iglesia cristiana, a Dios no solo le importa si somos excelentes músicos, sino también si somos excelentes perdonadores. Así lo planteé: si somos excelentes en paciencia, excelentes en longanimidad. Por ejemplo, si mostramos paciencia y perdón cuando el esfuerzo musical de una persona no fue perfecto.

En otras palabras, cuando se trata de la excelencia en la vida cristiana, no nos atrevemos a limitarla a la manera en que una persona ejerce una habilidad o un oficio. Siempre debemos tomar en cuenta la excelencia en actitudes, emociones y relaciones. Dios tiene mucho más que decir en su Palabra sobre la ira en nuestra actitud que sobre la competencia en nuestras habilidades.

Excelencia sin distracciones

La manera en que finalmente solucionamos este tema con nuestra gente, con nuestros líderes, fue usando esta frase como nuestra meta: excelencia sin distracciones. Dicho de otra manera, hay algo más grande, más profundo e importante en nuestra adoración que la calidad técnica de la música. No es que no sea importante, pero no es lo más importante. El objetivo es conocer a Dios, encontrarse con Dios, amar a Dios, atesorar a Dios, confiar en Dios y gozarme en Dios.

Todos esos son actos del corazón y de la mente. Todo lo demás está subordinado a eso en este servicio: ayudar a la congregación a llegar a eso, incluyendo la excelencia en nuestro desempeño, ya sea que se trate de la música, el sistema de sonido, la luz, la calefacción, el aire acondicionado, la predicación o la ropa que usamos. Todo para eliminar los obstáculos —sin distracciones— y para servir con el fin de conocer a Dios, encontrarnos con Él, amarlo, atesorarlo, confiar y gozarnos en Él. Establecimos ese objetivo agregando las palabras sin distracciones después de la palabra excelencia.

Eso implicaba que no solo un trabajo mal hecho nos distrae de conocer a Dios —cuando una persona continúa cometiendo errores. Todos se van a sentir avergonzados y distraídos, por tanto, eso no funciona—, sino que también una excesiva finura puede distraernos de la realidad espiritual de encontrarnos con Dios. Y esto lo estoy aplicando a la predicación, no solo a la música. Un sermón puede estar tan mal estructurado en orden y claridad que no nos ayuda en nada. Y puede ser tan refinado retóricamente que distrae, por lo que tampoco nos ayuda. Por eso, el criterio dejó de ser una visión abstracta de la excelencia técnica y se transformó en el objetivo espiritual de eliminar los obstáculos que le impiden a la congregación ver y saborear a Cristo.

Trabajando desde el alma

Dylan nos pregunta cómo Colosenses 3:22-24 nos llama a la excelencia. Este es el texto:

Siervos, obedezcan en todo a sus amos en la tierra, no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino con sinceridad de corazón, temiendo al Señor. Todo lo que hagan, háganlo de corazón [literalmente es ek psyches: «desde el alma»], como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien sirven.

Creo que Dylan hace bien en extraer principios de estos versículos para todos nosotros, aunque están dirigidos a esclavos y amos. Y digo eso porque más arriba de este párrafo, en Colosenses 3:17 dice: «Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús». Pienso que Pablo simplemente está tratando de aplicar ese principio global para todos nosotros a la relación entre amos y esclavos para que todos aprendamos de su aplicación. Me gustaría señalar tres cosas que él dice.

Evita la hipocresía

En primer lugar, no trates de agradar a la gente en forma superficial si a tu corazón realmente no le importa ni las personas ni la calidad del trabajo que haces, siempre y cuando ellos piensen que ese trabajo está bien hecho. Eso es servicio para ser vistos —eso es agradar al hombre—. En otras palabras, no seas hipócrita.

Si quieres darle una impresión superficial a tu jefe o a tu profesor o a tu cónyuge o a tu amigo de que estás haciendo algo para complacerlos, entonces haz algo que realmente les complazca. No seas hipócrita. No seas una persona falsa o de doble comportamiento, alguien que, por fuera, tiene un sentido de estar satisfecho con lo que otros ven, pero en el fondo no ha hecho un buen trabajo y lo está ocultando. Si tienes esa mentalidad, eso afectará significativamente la calidad de tu trabajo. Y Pablo dice: «no la tengas».

Trabaja para Jesús

En segundo lugar, cualquiera que sea tu trabajo y para quien sea que lo estés haciendo, como cristiano siempre piensa en Jesucristo como Aquel a quien tendrás que darle cuenta por la calidad de tu trabajo y de tus actitudes hacia él. Colosenses 3:24 dice: «Es a Cristo el Señor a quien sirven», lo que significa que a quien sea que estés sirviendo, realmente estás sirviendo a Cristo al servirles. Entonces, cualquiera que fuese la calidad de actitud que tendrías y la calidad de trabajo que harías si Cristo fuera tu supervisor inmediato, haz ese trabajo con esa actitud.

Fija tu mirada en la recompensa

En tercer lugar, Pablo dice: «Recuerden que su recompensa por el bien que hacen viene del Señor, y no del hombre».

Claramente, Pablo está implicando que todo esto: (1) saber que no debemos ser ni hipócritas ni  falsos complacedores de hombres, (2) saber que, en definitiva, nuestro supervisor de la tarea o del trabajo en el hogar o de nuestro trabajo es el mismo Señor Jesús, y (3) saber que nuestra recompensa viene de Él, no esencialmente de nuestros profesores o cónyuges o jefes, influenciará la calidad del trabajo que hacemos y las buenas actitudes con las que lo hacemos.

Hay más en juego que la excelencia

Luego Dylan pregunta: «¿significa esto que el trabajo hecho sin excelencia es pecado?». Si vamos a responder a esa pregunta con precisión, yo diría que la respuesta es no, no siempre. No siempre es pecado. Pero la respuesta no es tan simple.

Por ejemplo, si decides pintar tu habitación en lugar de contratar a un pintor profesional porque crees que Dios quiere que le des los varios cientos de dólares que podrías tener que pagarle a un pintor a un amigo misionero y, sin embargo, no eres un pintor muy hábil, ¿cómo podría Dios mirar la exactitud de la línea entre la pared beis y el cielo blanco donde se junta la una con la otra en la esquina?

Hablo desde mi propia experiencia aquí. Un pintor profesional pone una gota de pintura (lo he visto hacer) en la punta de su brocha y la arrastra lentamente —esta perfecta gotita— por esa línea con una precisión tan increíble que la línea de la orilla, entre la pared beis y el cielo blanco, es perfecta. Mis líneas entre la pared beis y el cielo blanco son onduladas. Esta es mi respuesta: Dios no considerará mis orillas onduladas como pecado. No lo hará, aunque técnicamente no sean excelentes como las que un pintor podría hacer. En otras palabras, hay cosas más importantes que están en juego.

No obstante, si yo me promociono como pintor, con la habilidad que tengo ahora, y voy a la habitación de alguien y pinto su pared con orillas ondulantes de beis en la pared y blanco en el cielo con una línea ondulante entre ambas, con la esperanza de que no lo notarán ni que tampoco verán lo mal que está hecho comparado con lo que un pintor profesional haría, eso sería pecado.

Haz tu mejor esfuerzo

Lo mismo se puede aplicar a tantas situaciones. No es pecado obtener una B en álgebra en vez de una A si has trabajado duro y has hecho tu mejor esfuerzo. No es pecado hacer cinco ventas esta semana en lugar de diez si estás dando lo mejor de ti.

Yo definiría «lo mejor de ti» así: «lo mejor de ti» se define como un esfuerzo falible para tomar en cuenta todos los factores relevantes, como el sueño (cuando duermes), la salud, la familia, mi edad, mi energía, mis dones y otras relaciones que necesitan ser consideradas. Y luego, después de que ya has dicho y hecho todo, te encomiendas a la gracia de Cristo quien murió por ti para que tú goces de su excelente perdón.

John Piper © 2022 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto 
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John Piper
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John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
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