10.jpgEL SANTO NIÑO DE LA PEQUEÑA CIUDAD DE BELÉN
Tony Reinke


Belén fue, es y probablemente siempre será tan solo una pequeña ciudad (una pequeña ciudad llena de historia antigua).

En el primer siglo, la placa histórica del centro de la ciudad (si es que hubiesen tenido tales placas) la habría conmemorado como el lugar de nacimiento del poderoso asesino de gigantes, el rey David. El preciado hijo de Belén puso al pueblo en el mapa 1000 años antes, y quizás, tal vez, un día el pueblo que se encuentra en la cima de un silencioso cerro consiga nuevamente una hazaña. Los polvorientos rollos que los antiguos profetas dejaron dicen que eso sucedería (Mi 5:2). 

Sin embargo, hoy, hay silencio. 

Las profecías son recuerdos distantes. Ahora todo está callado y en silencio, la esperanza de un rey es solo un recuerdo que ha sido apagado por las apremiantes prioridades de la vida: cultivar granos, criar ovejas, criar hijos y pagar impuestos.

Pero esta noche, la ciudad finalmente duerme, aunque llena de gente. El ajetreo y el bullicio de los viajeros que retornan a su hogar debido al censo con el fin de ser contados, ahora se han disipado. 

Oh, pequeña ciudad de Belén, cuán tranquila te vemos descansar. 

Tan silenciosa, tranquila y pacífica es la ciudad. Es difícil capturar la imagen en un artículo, puesto que la mayoría de nosotros lo leemos tan rápidamente. Imagínense por un momento un lugar más silencioso y donde el ritmo de vida es más lento. No existen los iPods, ni los audífonos, ni el ruido que nos rodea. No hay aviones, ni tráfico, ni trenes, ni ambulancias corriendo en las calles. En perfecta calma, somos testigos de una invasión silenciosa, como una tormenta de copos de nieve que parecen plumas cayendo en círculos y en silencio sobre el suelo, alfombrando el sucio mundo con radiante santidad.

Es así que, durante Adviento, bajamos nuestro ritmo a su ritmo y leemos la santa historia más lentamente. No leemos por encima. Vemos al nuevo Rey de Belén entrar a una cueva que era como un establo para descansar tranquilamente en un áspero surco en donde se alimentan a los animales. En la quietud de la noche, el nuevo Rey entra en el forraje y el estiércol de un mundo roto que tiene la desesperada necesidad de ser arreglado.

Este niño es el Cristo, que un día morirá en un amanecer que se convertirá en oscuridad. Pero ahora él descansa en los brazos de María en una oscura noche que se iluminará. Las estrellas y los ángeles perforan el silencio de la noche.  

Este mismo Cristo entra en las vidas de personas tal como entró en el establo. Él entra en el desorden del pecado y nos encuentra desprevenidos. ¿Están sorprendidos? ¿Acaso no están listos para él? Todo parece tan repentino. Este es el mejor lugar en el que podemos estar (ser sorprendidos, como la pequeña ciudad de Belén). 

Adviento significa que Cristo invade lugares donde las preparaciones no están completas. Primero, serán tentados a calentar el establo con calentadores ambientales. No lo hagan. Querrán barrer el suelo lleno de forraje y de desechos de ratón. No lo hagan. No estiren una cómoda cama o un par de almohadas de plumas acolchadas. No desinfecten las paredes ni el piso con Lysol. No pongan una cuna con muñecos suaves, pijamas de algodón enteros ni talco para bebés. No llenen la tina con agua tibia ni espuma suave de jabón. 

Cuando el Salvador se acerque, no hay tiempo para ordenar el desorden del pecado. Él viene, no para poner cajas envueltas con esmero alrededor de un árbol decorado con destreza. No, el Santo llega de manera inesperada en medio del hedor de nuestras vidas. 

Es con este pensamiento que nos preparamos para cantar el verso final del famoso himno inglés. Temblamos un poco. Quizás las líneas son muy personalizadas y muy cursis.

Oh santo niño de Belén, 
Es nuestra oración que desciendas en nosotros;
Expulsa nuestro pecado y entra en nosotros,
Nace en nosotros hoy.
Podemos escuchar a los ángeles en Navidad
Contar las buenas nuevas;
Oh ven a nosotros, mora con nosotros,
Nuestro Señor Emmanuel.

Sin embargo, este es el mensaje de Navidad. Aquí en el segundo domingo de Adviento, alabamos a Cristo que entró en la quietud de una pequeña ciudad para descender en la humanidad pecadora. Le imploramos a Cristo que entre en nuestras vidas y que expulse el pecado que no puede ser blanqueado por medio de la propia limpieza.


Tony Reinke © 2013 Desiring God Foundation.

Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso.
Traducción: María José Ojeda 
Descargar PDF aquí

¡COMPARTE ESTE ARTÍCULO!