4.jpgEL MISTERIO DE LA INIQUIDAD
R.C. Sproul

Se le ha denominado el talón de Aquiles de la fe cristiana. Por supuesto, me refiero al clásico problema de la existencia del mal. Filósofos, como John Stuart Mill, han argumentado que la existencia del mal demuestra que Dios no es ni omnipotente ni tampoco bueno y amoroso (el razonamiento es que si el mal existe aparte del poder soberano de Dios, entonces por fuerte lógica, Dios no puede ser considerado omnipotente). Por otro lado, si Dios realmente tiene el poder para prevenir el mal pero falla en hacer eso, entonces esto se vería reflejado en su carácter, lo que indicaría que no es ni bueno ni amoroso. Debido a la persistencia de este problema, la iglesia ha visto un sinfín de intentos para explicar esto en lo que se denomina «teodicea». El término teodicea se compone de dos palabras griegas: la palabra para Dios, theos, y para justificación, dikaios. Por lo tanto, una teodicea es un intento por justificar a Dios por la existencia del mal (como se ve, por ejemplo, en el libro de John Milton, El paraíso perdido). Tales teodiceas han tratado interrogantes que van desde una simple explicación sobre que el mal es el resultado directo del libre albedrío humano hasta intentos filosóficos más complejos como el que ofreció el filósofo Leibniz. En su teodicea, ridiculizada por Voltaire en su novela Cándido, Leibniz hizo una distinción entre tres tipos de males: el mal natural, el mal metafísico y el mal moral. En este esquema de tres partes, Leibniz argumentó que el mal moral es una consecuencia natural y necesaria de la finitud, lo que es la falta metafísica del ser completo. Puesto que ninguna criatura puede ser un ser infinito, esto inevitablemente debe producir defectos como los que vemos en el mal moral. El problema con esta teodicea es que falla en considerar el ideal bíblico del mal. Si el mal es una inevitabilidad metafísica para las criaturas, entonces obviamente Adán y Eva debieron haber sido malos antes de la caída y hubiesen continuado siendo malos después de la glorificación en el cielo. 

Hasta este momento, no he encontrado una explicación satisfactoria para lo que los teólogos llaman el misterio de la iniquidad. Por favor, no me envíen cartas dándome sus explicaciones, que normalmente se centran en alguna dimensión del libre albedrío humano. Temo que muchas de esas explicaciones fallan en tomar el importante peso que carga esta explicación. La simple presencia del libre albedrío no es suficiente para explicar el origen del mal, tanto como no podemos explicar cómo un buen ser humano podría inclinarse libremente a escoger el mal. La inclinación para que la voluntad actúe en una manera inmoral ya es una señal del pecado.

Uno de los acercamientos más importantes al problema del mal es expuesto originalmente por San Agustín y luego por Tomás de Aquino, en el que argumentaban que el mal no tiene un ser independiente. El mal no puede definirse como una cosa, sustancia o algún tipo de ser. Al contrario, el mal siempre se define como una acción, una acción que falla con cumplir el estándar de bondad. En este aspecto, el mal se ha definido en términos de su ser ya sea una negación (negatio) del bien o una privación (privatio) del bien. En ese sentido, como sostuvo San Agustín, el mal es parasitario (es decir, depende del bien en su misma definición). Pensamos que el pecado es algo que no es recto, como la desobediencia, la inmoralidad y cosas como esas. Todas estas definiciones dependen de la sustancia positiva del bien en su mismísima definición. San Agustín sostuvo que aunque los cristianos enfrentan la dificultad de explicar la presencia del mal en el universo, el pagano tiene un problema que es doblemente difícil. Antes de que alguien incluso pueda tener un problema de maldad, primero debe tener el antecedente de la existencia del bien. Aquellos que se quejan del problema del mal ahora también tienen el problema de definir la existencia del bien. Sin Dios no hay un estándar supremo para el bien.

En la época contemporánea, este problema ha sido resuelto simplemente al negar tanto el mal como el bien. Tal problema, sin embargo, enfrenta enormes dificultades, particularmente cuando uno sufre en manos de alguien que ocasiona dolor sobre otro. Es fácil para nosotros negar la existencia del mal hasta que nosotros mismos somos víctimas de la acción malvada de alguien.

Sin embargo, aunque terminemos nuestra búsqueda para responder el origen del mal, una cosa es segura: puesto que Dios es al mismo tiempo omnipotente y bueno, debemos concluir que en su omnipotencia y bondad debe haber un lugar para la existencia del mal. Sabemos que Dios mismo nunca hace lo que es malo. No obstante, él también ordena todo lo que sucede. Aunque él no comete maldad y no crea el mal, él sí le ordena al mal que exista. Si existe, y si Dios es soberano, entonces obviamente él debe haber sido capaz de prevenir su existencia. Si él permitió que el mal entrara en este universo, solo pudo haber ocurrido por su decisión soberana. Puesto que sus soberanas decisiones siempre siguen la perfección de su ser, debemos concluir que su decisión de permitir que exista el mal es una buena decisión. 

De nuevo, debemos ser cuidadosos con esto. Nunca debemos decir que el mal es bien o que el bien es mal. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir, «es bueno que el mal exista». Nuevamente, repito, es bueno que el mal exista, de otra manera no existiría el mal. Aunque esta teodicea no explica el «cómo» entró el mal al mundo, solo reflexiona en el «por qué» de la realidad del mal. Una cosa que sabemos con seguridad es que el mal sí existe. Existe, en ningún otro lugar, más que en nosotros y en nuestro comportamiento. Sabemos que la fuerza del mal es extraordinaria y trae gran dolor y sufrimiento al mundo. También sabemos que Dios es soberano sobre él y en su soberanía no permitirá que el mal tenga la última palabra. El mal siempre y en todo lugar sirve al interés supremo y mayor de Dios mismo. Es Dios en su bondad y en su soberanía quien ha ordenado la conquista final sobre el mal y su eliminación en su universo. En su redención encontramos nuestro descanso y nuestro gozo, y hasta que llegue ese momento, viviremos en un mundo caído.


Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. |
Traducción: María José Ojeda
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El Dr. R.C. Sproul (1939-2017) fue el fundador de Ligonier Ministries, copastor de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Fla. y el primer director de Reformation Bible College. Fue autor de más de cien libros, entre los cuales se encuentra La santidad de Dios

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